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Roma nunca fue de mármol

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En cuanto a la Sibila de Cumas, la he visto con mis propios ojos colgada en una botella, y cuando los niños le preguntaban: “Sibila, ¿qué quieres?”, ella les contestaba: “¡Quiero morir!”.

(El Satiricón, 48,  8)

Cuenta Suetonio que uno de los logros de Augusto fue reconstruir una gran parte de la ciudad de Roma. Donde antes había edificios de barro y madera él los reemplazó por mármol. Aunque todo el mundo sabe que era una exageración no deja de haber quedado un cierto ideal de “gloria” en la forma en cómo se refleja la ciudad. Por un lado, están la mayoría de los autores clásicos que, por su procedencia social, ofrecen un retrato muy concreto y específico de lo que sería Roma. Sus relatos están plagados de grandes decisiones, lugares de gran significación y una visión de la ciudad en donde apenas aparece la mayoría de la población, es decir, los que son meros ciudadanos y no pertenecen un ordo elevado. A este hecho, ha ayudado, dentro del imaginario social, la idealización que se ha hecho, en muchos aspectos, de Roma y de Grecia. De hecho, la mayoría de películas o productos mass media han reforzado esta imagen.

Sin embargo, tampoco deja de ser menos cierto que Roma no era así. Todo el mundo lo sabe pero no es lo que se suele encontrar de la ciudad. Por suerte, hay una serie de autores que nos muestran una imagen mucho cercana a la realidad de la vida en la Ciudad Eterna para la mayoría de su población. Estos autores son Plauto, Persio, Juvenal y Petronio. Conviene hacer una pequeña aclaración previa sobre ellos. Excepto Plauto que es de época republicana, todos los demás son autores de época imperial aunque no son contemporáneos los unos de los otros pero sí que están más o menos cercanos. Esta divergencia cronológica es especialmente interesante porque muchos de los temas tratados por los autores son muy parecidos. Es decir, aspectos como la dependencia del patrón o las quejas sobre la moralidad o los cazadores de testamentos serán comunes y objeto de burla por parte de los diferentes autores. También, todos, excepto Plauto, usan la sátira, en latín satura, para expresar sus puntos de vista. Eso significa que hay una composición y una semejanza en el modo en cómo son expresadas las quejas sobre Roma. Plauto, por el contrario, usa el teatro, adaptando a los gustos romanos. Eso hace que reproduzca temas y conceptos griegos pero que sean adaptados a la realidad de su momento. De hecho, no es ninguna sorpresa ni nada fuera de lo común pues él mismo al inicio de las obras explica de qué pieza griega adapta.

Entonces, ¿qué une a todos estos autores? Pues que todos ellos nos proporcionan una imagen menos luminosa y más cotidiana. Y es una imagen de polvo, barro, miseria, corrupción y, en esencia, el retrato de la sociedad que solo busca sobrevivir y conseguir comer cada día.

Voy con las piernas perdidas de barro, todos son pisotones de unas plantas enormes; un clave de soldado me ha herido un dedo.

(Juvenal, III, 245)

Y el relato que emerge de todos estos autores no es para nada halagüeño. Si para muchos autores clásicos Roma significaba cultura, saber, orden y leyes lo que uno se encuentra en la imagen que nos ofrece estas obras es todo lo contrario. La mayoría de la gente de la época la cultura simplemente la usa como una forma de ostentar y porque es lo que toca hacer. Así, vemos como los clientes que aspiran a escribir algo tienen que encontrarse con que su patrón no les da apoyo o que, cuando lo hace, es en unas condiciones deplorables y que está más preocupado de conseguir que le aplaudan a él que a la obra en sí misma. Esta manía por mostrarse culto porque sí queda ejemplificada en Trimalción que intenta hacer gala de su cultura pero que es incapaz de recordar o explicar ninguno de los mitos de forma correcta. De hecho, la imagen que emerge es que la cultura para la mayoría de los ricos, que son los que pueden propagarla y estudiarla, importa poco. Están más preocupados de hacer ostentación de su riqueza por medio de gastos absurdos y absolutamente delirantes.

De hecho, la ostentación es un elemento de peso en el retrato de los ricos y poderosos. De nuevo la imagen ideal vuelve a ser la de Trimalción pero no es la única. Juvenal cuando describe la vida de los clientes carga las tintas contra los lujos innecesarios de los patrones en contraste con el trato pobre e indigno que éstos reciben. De este modo, es más importante gastar en cualquier adorno que cumplir con nobleza con los deberes que se han contraído respecto a los clientes. Una clara contraposición respecto al pasado, en dónde si se tenía cuidado de éstos.

No son los únicos puntos en donde se incide en esta situación de pobreza de gran parte de la población. Uno de los pasajes más conocidos, y que más veces se ha citado, es el referente a la condición en la que vivía la mayoría de la población de Roma. Hacinados, en lugares insalubres y con la constante amenaza del fuego y de ver cómo lo que todo tiene. Aquí de nuevo se puede ver una crítica a los ricos que desatienden a la ciudad y sólo reaccionan cuando algo le sucede a uno de ellos.

Por supuesto, una población en esa situación acaba buscándose la vida como puede. Una de las prácticas más comunes es la estafa, especialmente en el caso de los testamentos. La búsqueda de cazadores de fortuna que intentaban confundir o aparecer en los testamentos de los ricos es una constante. De hecho, lo que nos queda del Satiricón acaba con los protagonistas urdiendo una trama para hacerse pasar por ricos y conseguir engañar a alguien que busque su favor para ser incluido en su testamento. Pero no es la única práctica deshonesta que se lleva a cabo. Adulterio, engaños, adopciones o simplemente abusos son una constante por parte de aquellos que pueden. Es una sociedad que busca sobrevivir al precio que sea y en donde un plato caliente es algo muy importante para las personas que viven en ella.

Otro de los grandes temas que nos encontramos es la crítica al ejército. Éste es representado de una forma brutal. Por un lado tenemos dentro de la obra de Plauto el estereotipo del “soldado fanfarrón”. Es decir, aquél que hace gala de sus logros y que no duda en exagerarlos. De hecho, éstos logros, casi siempre en Oriente, son los que le proporcionan riqueza y hacen de él una figura importante en las obras. Es un personaje que no duda en intimidar o amenazar con tal de conseguir sus objetivos o sus deseos. En el caso de los autores imperiales el ejército es resaltado por su posición de prestigio y el consiguiente abuso que eso lleva. Ya lo resaltará Juvenal: Sería, pues, cosa digna de esta mula que es el declamador Vagelio ofender tantas botas militares y tantos miles de clavos si tienes sólo dos piernas (XVI, 24-5). No es una imagen agradable la que se del ejército en su conjunto.

Finalmente habría que considerar el papel que se tiene de los esclavos dentro de estas obras. En la obra de Plauto son caracterizados dentro del estereotipo del personaje taimado y astuto que, por otro lado, solo busca su beneficio. Aunque éste se reduce a dos cosas: comer y evitar las palizas de su amo. Por otro lado, los autores imperiales, en una época donde existía un mayor lujo, parodian los extremos que se han llegado con el gasto de esclavos. Algunos tienen como única función servir la comida o el agua. Otros simplemente son adornos. Una buena muestra del uso estrafalario de los esclavos se puede ver, de nuevo, en la cena de Trimalción. De hecho, ésta es, en muchísimos aspectos, un retrato donde todos los vicios y problemas que apuntan los autores satíricos quedan sintetizados y unidos. Lo que no deja de ser una alabanza de Petronio y su capacidad de sintetizar toda una serie de problemas y situaciones que se daban dentro de la sociedad romana e irlas presentando a lo largo de un banquete.

La conclusión es que, a pesar que nadie creía el relato de una Roma inmaculada, la visión que nos aportan estos autores es necesaria y muy ilustradora. Dan vida y voz a toda una sociedad que vive en unas condiciones que son la noche de las de unos pocos privilegiados. Éstos, lejos de la imagen de sí mismos que nos han dejado, son, en el mejor de los casos, profundamente amorales. De este modo, la sociedad romana, por medio de estos autores, se ve realzado con claroscuros y con toda una realidad que queda muy lejos de los libros de historia. Algo qué, como ya se han lamentado los satíricos, no interesa a nadie pues, como se queja Juvenal:

¿Quién pagará a un historiador lo que daría a uno que le leyera las noticias? (VII, 104)

Lo triste es que esta máxima sigue siendo hoy tan vigente como hace casi dos mil años.

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Written by pauvm

31/07/2011 a 23:52

Publicado en Historia, Roma

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